Parecer tonto por no parecer machista

O cómo hacer política a costa de nuestro idioma


El reciente revuelo ocasionado por la aparición de la ‘Guía breve para un uso no sexista del lenguaje’, promovida por la Generalitat Valenciana en la figura de la consejera de Sanidad, Carmen Montón, me ha hecho recordar un tema sobre el que quería escribir hace ya tiempo: la imposición de ideologías a costa de nuestro idioma.

La guía ofrece una serie de consejos para no incurrir en sexismo en el ámbito sanitario. Para ello, básicamente se insta a sustituir los masculinos genéricos por términos despersonalizados generalmente referidos al servicio ofrecido. En un breve documento absolutamente plagado de faltas (podéis ver bajo este párrafo la versión corregida —ésta es gratis; para la siguiente, estamos a su disposición—) nos instan a mejorar nuestra manera de expresarnos. Yo, personalmente, habría esperado a tener un dominio algo más aceptable de mi idioma antes de dar lecciones sobre el lenguaje, o hubiera contratado a un profesional que supervisase la guía ya que, al fin y al cabo, hay presupuesto. No creo que haga falta llegar al punto de ser lingüista para poder opinar sobre el uso de la lengua, pero vamos, que tampoco se pueden tomar muy en serio las recomendaciones en materia lingüística de un documento que no pasaría un examen de instituto.

Portada

Corrección de la Guía breve para un uso no sexista del lenguaje


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Corrección de la Guía breve para un uso no sexista del lenguaje


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Corrección de la Guía breve para un uso no sexista del lenguaje


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Corrección de la Guía breve para un uso no sexista del lenguaje

De esta manera, se emplaza a sustituir ciertas expresiones por otras que en su mayoría contienen imprecisiones, indefiniciones y giros rebuscados, sin sentido o directamente incorrectos, en aras de la corrección política. Unos botones de muestra:

– No debe decirse ‘Citar a los pacientes’ sino ‘Citar a pacientes’, como si ambas expresiones significasen lo mismo.

– Tampoco debe decirse ‘Algunos investigadores de la diabetes’ sino ‘Algunas investigaciones de la diabetes’, equiparando a los investigadores con sus investigaciones.

– Por ejemplo: las pruebas ya no las realiza ‘el ginecólogo’, sino ‘ginecología’, despersonalizando por completo el trato recibido (con la consiguiente pérdida de confianza) e incurriendo, a mi parecer, en una incongruencia ya que, existiendo el término ‘ginecóloga’, ¿por qué no va a realizar las pruebas la ginecóloga, si es una mujer?

– También debe evitarse ‘Los que investigan están obligados’ y decir en su lugar ‘Al investigar tienen la obligación’. Una vez más, como si significaran lo mismo ambas expresiones.

– ‘Ciudadanos’ debe cambiarse por ‘ciudadanía’. Pobre Albert Rivera…

– ‘Hijos’ ha de cambiarse por ‘descendencia’ al igual que ‘niños’ debe ser sustituido por ‘infancia’ o ‘criaturas’. Sin comentarios.

– ‘Pacientes’ se sustituye por ‘personas pacientes’. ¿Hago el chiste?… paciencia.

– Se cambia ‘diferentes a nosotros’ por ‘diferentes a cada cual’. ¿Sólo a mí me suena ortopédico?

En fin, que cuando ni los propios ejemplos del documento se sostienen es que tampoco hay mucho donde apoyarse. Y con respecto a las faltas ortográficas y de redacción, ¿cómo me voy a dejar guiar por una guía de este nivel, salvo que mi nivel sea aún más bajo y o bien no vea sus incongruencias e incorrecciones o bien mi objetivo ideológico me haga pasarlas por alto? Imagino que, como personas inteligentes que son, nuestros políticos piensan que el documento tiene el nivel suficiente como para influenciar a su público objetivo, y el resto no importa. Desde luego como campaña de comunicación es estupenda.

Esto de llamar criaturas a los niños me recuerda al viejo chiste de Genaro. Permitidme un inciso para contarlo:

Un padre llega a la planta de recién nacidos del hospital:
– Hola, vengo a ver a mi hijo recién nacido.
– Sí, claro ¿cómo se llama? – pregunta la enfermera.
– Genaro – responde el padre.
– Mmmmm, pues no me consta. Pruebe en la planta de arriba.
El padre sube una planta y se encuentra con un cartel con el texto ‘Bebés preciosos’. Pregunta de nuevo por Genaro, pero no está ahí y le mandan a la planta de arriba. Sube una planta y hay un cartel que reza ‘Bebés normalitos’. Un poco mosca, vuelve a preguntar por Genaro y obtiene la misma respuesta. Sube otra planta: ‘Bebés feos’. Tampoco. Otra más: ‘Bebés espantosos’.
– Pues no está aquí. Yo miraría en la planta de arriba, la última.
Y cuando el padre sube a la planta superior se encuentra con un cartel que pone en letras bien grandes: ‘Genaro’.

Bueno, perdón por la interrupción. Volvamos al tema. El caso es que esta guía no es el único ejemplo de intento de imposición lingüística con objetivos ideológicos; hay ejemplos de sobra. Tenemos el reciente caso de la decisión de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía de eliminar los términos ‘padre’ y ‘madre’ de los impresos de matriculación y sustituirlos por ‘persona guardadora’. En Madrid y en Zaragoza también se han elaborado sus guías, en las que se aconseja no usar ‘portavoces’ sino ‘portavocía’ o bien no emplear ‘funcionarios’ sino ‘funcionariado’. Ejemplo: ‘¿Tú en qué trabajas?’. ‘¿Yo?, pertenezco al funcionariado del ayuntamiento’. Todo muy natural.

La Junta de Andalucía, el ayuntamiento de Santiago y el ayuntamiento de Córdoba son algunos ejemplos de instituciones públicas que se apuntan al carro de elaborar sus propias guías. La de Burgos se permite, de nuevo con una redacción más que dudosa, el lujo de instarnos a usar correctamente el lenguaje, no como hasta ahora, y hablar como ellos digan. En todas ellas hay propuestas como no usar ‘alumnos’ sino ‘alumnado’ o ‘personas becarias’ en vez de ‘becarios’. Ejemplo: ‘Buenas, pertenezco al alumnado de la Complutense y quería ser una persona becaria en su empresa. Estoy acostumbrado a trabajar en equipo y mi relación con las personas compañeras es muy buena’. Seguro que le contestan: ‘Claro, claro, serás nuestro/a jefe/a de redacción’.

Básicamente todas estas guías son copias y refundidos del informe elaborado por el Parlamento Europeo en febrero de 2008 sobre lenguaje no sexista. Seguramente haya otros similares, pero éste mismo nos puede servir de resumen de los argumentos y objetivos del lenguaje inclusivo, y además tiene una redacción decente, cosa que sorprende y se agradece. Como he dicho, casi todas las guías comentadas en este artículo son refritos de este informe (u otros similares). Lo que ocurre es que debe de ser fácil conseguir presupuesto de las arcas públicas para elaborar una adaptación del informe a un ámbito determinado y además se obtiene un rédito político.

El diablo en la tierra: el masculino genérico

El diablo en la tierra: el masculino genérico
Olvidemos el irrelevante hecho de que absolutamente nadie habla como se propone en estas guías, ni siquiera sus más ardientes personas defensoras y vayamos al meollo del asunto, al origen de todos los males: el masculino genérico. Porque la práctica totalidad de giros, contorsiones y carambolas lingüísticas tienen como objetivo esquivar el absolutamente asentado masculino genérico.

La posición de la RAE queda definida en este artículo de Ignacio Bosque y es refrendada por el pleno de la RAE. Queda suficientemente claro con sus argumentaciones que la mayor parte de estas guías «contienen recomendaciones que contravienen no solo normas de la Real Academia Española y la Asociación de Academias, sino también de varias gramáticas normativas, así como de numerosas guías de estilo elaboradas en los últimos años por muy diversos medios de comunicación. En ciertos casos, las propuestas de las guías de lenguaje no sexista conculcan aspectos gramaticales o léxicos firmemente asentados en nuestro sistema lingüístico, o bien anulan distinciones y matices que deberían explicar en sus clases de Lengua los profesores de Enseñanza Media, lo que introduce en cierta manera un conflicto de competencias. No hay, desde luego, ilegalidad alguna en las recomendaciones sobre el uso del lenguaje que se introducen en esas guías, pero es fácil adivinar cuál sería la reacción de las universidades, las comunidades autónomas, los ayuntamientos o los sindicatos si alguna institución dirigiera a los ciudadanos otras guías de actuación social sobre cuestiones que competen directamente a esos organismos, y, más aún, que lo hiciera sin consultar con ellos y sin tener en cuenta sus puntos de vista, cuando no despreciando abiertamente sus criterios».

Cabe señalar que en español el género gramatical no implica sexo animal. De esta manera una jarra es de género femenino sin tener vagina al igual que el sol no tiene pene. El origen del plural genérico es el latín, y no tenía nada que ver con la composición de la sociedad sino con la propia evolución lingüística. El latín tenía plurales neutros, pero se perdieron o fueron asimilados por el masculino. El masculino del español procede tanto del masculino como del neutro latino, así que la cuestión es más del nombre que tienen estos géneros (masculino y femenino) ya que se asocian a los sexos animales. Si los géneros se llamaran, por ejemplo ‘género genérico’ y ‘género inmarcado’ no habría polémica.

Ya se han admitido términos y feminizado cargos como ‘presidenta’ cuando ‘presidente’ es neutro (que preside) sin crear como contrapartida un masculino ‘presidento’. Digamos que se están creando nuevos términos para definir un femenino que no era necesario, pero que agrada a un sector de la población. Pase. Pero si tengo que vivir en una sociedad en la que se diga ‘los niños y las niñas corrían por el campo contentos y contentas y divertidos y divertidas’ o bien ‘la infancia corría por el campo contenta y divertida’, que paren el mundo, que yo me bajo.

En cualquier caso, me gustaría hacer una reflexión: los defensores de estas imposiciones en el lenguaje basan sus argumentaciones en que el hecho de que exista el masculino genérico influye en nuestra moral y hace que desde pequeñitos estemos condicionados hacia la discriminación de la mujer. Por esto las culturas que se comunican en idiomas no discriminatorios como el farsi (Irán), el turco o el chino son una fiesta de adoración de la feminidad, al contrario de lo que sucede con muchas lenguas europeas, que fomentan y disfrutan con el apartheid femenino.

El finés, idioma oficial de Finlandia, tampoco es discriminatorio pero mucho me temo que si no discriminan a sus mujeres es sencillamente porque como sociedad han decidido no hacerlo.

Conclusión (por aquello de acabar)

El masculino genérico no es el enemigo. El enemigo es el retrógrado que no acepta la igualdad de quienes son sus semejantes, como marca la ley y la ética (por lo menos la occidental). Y a ese le da igual cómo se hable; es una cuestión de cómo se piense. Como padre de dos hijas, cuando estén en un grupo en el que haya niños diré ‘chicos’ y el que piense que por eso las respeto menos… evidentemente se equivoca. Es una mera cuestión de hablar mi idioma con propiedad y de no hacer política con él. Los políticos (sí, los políticos, no la clase política; y evidentemente incluyo a las mujeres) han encontrado en el lenguaje un filón para la demagogia y la implantación de sus ideologías con métodos más que dudosos y a cargo de las arcas públicas. Su mensaje de fondo puede ser muy respetable y puedo identificarme plenamente con la finalidad del mismo: igualdad de trato, de derechos, de salarios, de oportunidades, etc., para las mujeres. Sin embargo, actuar en menoscabo de nuestro idioma y de unos giros profundamente arraigados cuya erradicación implica masacrar la fluidez del discurso hace pensar que, sabiendo estas medidas inútiles, sólo se busca la publicidad y la confrontación. Y a las prueba me remito. Nadie normal emplea sus enrevesados giros ni sus muchas veces incorrectas expresiones y sin embargo, la calle hierve de polémica, y los autores ven su figura ensalzada ante las alabanzas de sus más ‘incondicionales’ seguidores y las críticas de sus ‘machistas’ detractores.

Es cierto que el lenguaje está vivo y evoluciona, pero jamás lo hace en base a imposiciones. Un concepto equivocado muy extendido es el de que la RAE (con la que no siempre estoy de acuerdo) acepta o deniega el uso de ciertos términos y expresiones en base a sus criterios, pero eso no es cierto. La RAE incorpora a su diccionario aquellos términos y expresiones que considera que ya tienen un uso suficientemente extendido como para ello. Es decir, no se impone el lenguaje, como intentan hacer los políticos con chantaje moral. Dicen que sus guías son de seguimiento voluntario; no se obliga a nadie a seguir esos preceptos. Traducción: si eres un machista opresor, adorador de Satán y te alimentas de bebés, eres libre de no seguirlos.

Sé que no servirá de gran cosa, pero aun así pienso que debemos pedir a nuestros políticos (y demás interesados) que dejen de hacer negocio a costa de nuestro idioma. Al igual que no nos merecemos políticos que, ante el calor asfixiante que los niños pasan en las aulas, recomienden abanicos de papel, tampoco nos merecemos vernos obligados a hablar como idiotas por temor a que no se nos asocie con la defensa de una causa legítima y justa.

Alejandro Galindo
FA comunicación